RAVNOS: EL HIJO FAVORITO DE KAEN.

     El más grande entre los mitos es el de nuestra creación, la historia de nuestro fundador. Es una de las primera leyendas que un joven Ravnos aprende. Y de la misma manera que Jhienvé me contó el relato os lo contaré a vosotros.


     En los viejos tiempos, tras la expulsión de nuestra gente de la Primera Ciudad, vagaron por los desiertos durante largos años. Viviendo de los necios gaje y dependiendo sólo de sí misma, floreció la primera kumpania. Pero a medida que iba floreciendo también creció, y no paso mucho tiempo antes de que los pasos de los baros siguiesen diferentes Vurma. Por lo que la kumpania se dividió, y cada familia Rom tomó su propio camino. Estos fueron pues, los primeros vestigios que se formaron de los Phuri Dae, Los Urmen, y los Ravnos. Su travesía fue como el fluir del agua marchando de su fuente y no hubo mala voluntad, porque incluso entonces eran los Rom y siempre ha sido ese nuestro modo de vida.


     En estos tiempos nuestra familia no era conocida como Ravnos. Éramos llamado los Powara, y vivíamos junto con los hijos e hijas de Sarrath. debido a la pasión natural de los Rom por viajar y los objetivos de sus hermanos Lupinos, los Powara se convirtieron en una familia extremadamente nómada, incluso para nuestra gente.


     Con el paso del tiempo, un hombre llamado Tshurka se convirtió en baro de los Powara. Era querido por la kumpania, ya que era tan invencible como los mismos rom, y hablaba con sabiduría y certeza. El guió a los Powara con sus ojos fieros y su sonrisa arrogante que atemorizaba y aturdía a los gaje, ya que había aprendido a mostrar únicamente los poderes más simples de su sangre.


     El hermano de Tshurka se llamaba Punjika, y era el más anciano de los hijos de Sarrath que viajaban con la kumpania. Por cada razón que hacia a Tshurka ser baro de los Rom, Punjika lo era de los lupinos. En respuesta a la fulgurante sonrisa de Tshurka, Punjika exhibía la apasionada rabia de los de su especie. A veces guiaba a los Lupinos lejos de la kumpania durante días, incluso semanas, para volver con unos cuantos de ellos que marcharon. Por eso Tshurka no le tenía en estima, y una rivalidad creciente latía oculta mientras la kumpania recorría la tierra.


     Una noche, mientras Tshurka y su gente cocinaban su cena alrededor del fuego, un extraño surgió del a oscuridad y se quedó quieto en un extremo del campamento, apoyándose en el Vurdon de Tshurka. Los perros corrieron hacia él, ladrando y gruñendo, pero les calmó con un gesto de su mano y unas palabras amables; los perros inclinaron la cabeza y se arrodillaron a sus pies , tocando la tierra polvorienta con sus vientres.


     Los Powara miraron fijamente al extraño, ya que nunca habían visto a sus perros tan fácilmente calmados por los gaje. Y el extraño era un gajo, ya que sus brillantes ojos y pálida piel eran tan extraños a los oscuros rom como la luna llena lo es al sol de mediodía. Por un momento los Powara sintieron el mismo miedo que los gaje sentían por los Rom. Punjika, no obstante, olió el aroma del Tumnimos en él, y con furia saltó desde el fuego para echar al intruso.


     Tan pronto como Punjika se levantó para enfrentarse al extraño, una segunda figura apareció al lado del gajo y se le acercó para tomar su fría mano. Y los Powara contemplaron asombrados como Laetshi, la hija más joven de Tshurka, guiaba al hombre hacia el campamento y, sonriendo, le pedía que se sentase con ellos en el fuego. Gruñendo, Punjika se enfrentó inmediatamente con Tshurka, diciendo que no compartiría el fuego con ese hombre.


     Estuviese Tshurka dominado por el poder del extraño o tuviese fe en la confianza que su hija había mostrado, o únicamente para enfadar al Punjika, no se sabe, pero con mirada fija, el baro dijo a su hermano que echar a un extraño no era la forma de ser Rom. Mientras veía la cara de Punjika oscurecerse, Tshurka añadió sonriendo que debía sentarse antes de que trajese el deshonor al alma de su padre. El gajo observo a Tshurka y Punjika con interés, pero no dijo nada mientras los hermanos discutían. Finalmente, Punjika se alejó rabiando del fuego, lanzando maldiciones al misterioso extraño. Muchos de los Lupinos marcharon tras su líder, pero pronto el campamento se tranquilizó de nuevo. Por segunda vez, Laetshi le indicó al extraño que se sentase entre ellos , y él accedió sonriendo enigmático a la joven Romaní .


     Por un momento el silencio cayó sobre la reunión, y entonces Tshurka le preguntó al gajo acerca de sus viajes. El extraño suspiró profundamente, pero asintió y comenzó a narrar su historia.


     El extraño contó a los Powara la destrucción de la primera ciudad, el engaño y la traición que habían echado por tierra los logros de los gaje. Les contó su marcha de la ciudad poco después de su destrucción, cómo odiaba su soledad, como la de una bestia de carga. Habló con ello con una profunda y lejana tristeza, como un hombre que recuerda el crimen por el que le condenaron.


     Los Powara le preguntaron por qué le pesaba tanto eso, ellos también habían sido expulsados, pero de su divorcio con los gaje habían obtenido orgullo, no culpa. El extraño no pudo más que agitar la cabeza, ya que no había experimento más que culpa y contrición desde sus primeros recuerdos. Él era un monstruo, dijo, un asesino que había sido maldito a no caminar nunca más entre los hijos de Eva.


     Tshurka desecho esos abusos e invitó al extraño a viajar con ellos tanto como quisiese. Después de todo, dijo el baro, eres como nosotros, salvo que en que no tiene kumpania. El hombre miró con asombro a Tshurka, ya que nunca había pensado que le pudiesen aceptar en su desgracia. Con una amplia sonrisa aceptó el ofrecimiento, y el extraño fue bienvenido entre los Powara. Entre los gaje era llamado Caín, hijo de Adán y hermano de Abel, pero para los Powara fue conocido como Kaen. Naturalmente, Punjika no estaba contento con lo que había ocurrido. No obstante antes las peticiones de le esposa de Tshurka, continuó en la kumpania, aunque prometió no compartir nunca su Vurdon o su fuego con Kaen. Y mantuvo su promesa aún con el paso del tiempo.


     A lo largo de los viajes Tshurka averiguó qué era en realidad Kaen: un shilmulo, uno de los fríos muertos de las leyendas y los mitos. Aunque Tshurka no expulsó a Kaen de la kumpania, el baro le prohibió alimentarse de cualquiera de los Powara. Kaen aceptó, pero en su corazón ya había empezado a traicionar esa promesa.


     Kaen llego a ser bien visto entre los Powara, aunque Punjika y el resto de los Lupinos le seguía mostrando desdén y aversión. Entre los Rom que más admiraban a Kaen estaba, Ravnos, el primogénito de Tshurka. Era considerado un joven temerario, con excesivo fuego en sus ojos, y demasiadas nubes en sus pensamientos. Con el tiempo decían se convertiría en un baro capaz, pero no hasta que las pasiones de la juventud diesen paso a la confianza de un adulto.


     Ravnos pasaba muchas noches con Kaen en el vurdon de su padre, aprendiendo tanto como podía sobre los shilmulo y sus maneras. Tshurka se mostraba receloso de la manera en que los ojos de su hijo brillante cuando Kaen hablaba de su vida sin fin, pero confiaba en la promesa. En su ingenuidad, Tshurka había garantizado, sin saberlo el nacimiento de nuestro clan. Una noche, mientras la kumpania acampaba en las afueras de una de las aldeas de los gaje, los Powara se sobresaltaron al oír un grito lejano pidiendo ayuda. Sabiendo que Tshurka y algunos hombres más no había vuelto de la aldea, Ravnos guió a un grupo de Rom, temiendo en su corazón la muerte de su padre. Cuando llegaron a la plaza del pueblo los temores se vieron confirmados.


     Los Powara, parecía, no habían sido los únicos visitantes del pueblo. Un grupo de shilmulos [vampiros] había acudido también esa noche para alimentarse de los gaje. Cuando su festín se vio interrumpido por Tshurka y sus hombres, los mulos cayeron sobre ellos como animales enrabiados, atraídos por el poder de la sangre Romaní. Aunque lucharon con fuerza, Tshurka y otros Powara cayeron pronto ante la fuerza de su atacantes no muertos.


     Al acercarse Ravnos y sus seguidores, los shilmulo se levantaron y lamieron sus heridas, ansiosos por beber más de los corazones de los rom. Uno de los mulo aguantaba el cuerpo sin vida de Tshurka en una mano, mientras la oscura sangre del baro aún goteaba de su dentadura. Rió ante los atemorizados Powara y dejo caer el cuerpo de Tshurka, a sus pies. ‘Este es el destino’, dijo, ‘que os espera a todos vosotros , perros vagabundos’.


     Viendo a su padre tendido en la tierra Ravnos lloró, y entre lagrimas lanzó una terrible amria sobre el mulo. Los mulo nunca había visto semejante furia y retrocedieron, espantados y confusos. Quizá sintieron las marca de Kaen sobre el chico, o quizá el poder de su sangre, pero huyeron temiendo la maldición que Ravnos les enviara al más horrible de los infiernos. Ravnos alzó el cuerpo de su padres y lentamente regresó al campamento. Volvía con un propósito claro, y sus pasos le dirigieron a la puerta del vurdon de Kaen. Éste le estaba esperando, pues había visto lo que había ocurrido esa noche. Ravnos rogó al shilmulo que le diese el tumnimos a su padre, pero Kaen sabía que el cuerpo de Thsurka se había enfriado y que su alma había marchado más allá del alcance del abrazo eterno. Ravnos explotó en una rabia fútil y volvió sus llameantes ojos hacia los de Kaen.


     No hicieron falta palabras, Kaen cogió al joven entre los brazos. Lloró sangre en su pecho, y entonces bajó sus labios al cuello del joven.


     Cuando Ravnos salió del vurdon se encontró a Punjika esperando. Saludo fatigosamente a su tío y le habló de la muerte de Tshurka y de la nueva vida que le había concedido Kaen. Pero Punjika había sentido ya el cambio en su joven sobrino, y no pudo contener más su furia. Su cuerpo se retorció con el cambio y avanzó con las garras preparadas para el ataque. En una veloz carrera, Kaen se interpuso entre Ravnos y Punjika. Sintiendo la dentadura y las guerras del monstruo sobre él, levantó al hombre bestia como si de un juguete se tratara y lo arrojó a través del campamento. Punjika aulló de dolor al caer al suelo. Los otros Lupinos se entregaron a su rabia y se transformaron en monstruosas criaturas. Giraron sus rostros feroces hacia Kaen y murmuraron sobre su muerte a medida que se acercaban a su vurdon. Ravnos, aun débil del tumnimos, era incapaz de invocar la fuerza para actuar.


     Pero no fue Ravnos quien paró a los exaltados lupinos, ni la fuerza sobrenatural de Kaen. Fue Laethsi, aun una niña, que se detuvo entre los furiosos hombres lobos y sus presas shilmulo. Fue Laetshi quien paró a los Lupinos, y fue Laetshi quien habló entonces de sus visiones. Lo hizo con una sabiduría y una gracia que contradecía su joven cuerpo, e incluso los Hijos de Sarrath no pudieron negar su poder.


     Laetshi les contó los sueños que la habían acosado por la noche: sueños de hombres monstruosos que destruirían a los Powara mientras dormían, bebiéndose su sangre y sus almas. Les contó que había visto a Kaen en sueños y que le había buscado, para que así pudiese llevar su sangre a los Rom.


     Ravnos ha sido elegido, dijo, para liderar una nueva familia, para proteger a los Rom del resto de los shilmulo. Sin Ravnos, continuó, los Powara, e incluso los Rom, acabarían sirviendo a los mulo al igual que muchos gaje. Como habían tomado a Tshurka, caerían sobre todos los Rom tratándose de hacerse con los poderes de la sangre. Sólo aceptando la sangre de Kaen, dijo podría liderar Ravnos a su nueva familia para detenerles. Suplicó a Punjika que dejase a un lado su rabia. Todos eran Rom, y tan seguro como que él era su tío, Ravnos era aún su hermano.


     Punjika estaba profundamente conmovido por la pasión mostrada por Laetshi, y retrocedió. Pero su rabia no desapareció por completo. Con su despiadada lengua maldijo a Kaen y a su sangre, y reunió a su gente a medida que hablaba. Los hijos e hijas de Sarrath, dijo, no viajarían con los shilmulo nunca más. Si era su destino que Ravnos guiara una nueva familia que así fuese, pero sería el fin de los Powara.


     Y realmente lo fue.


     Punjika guió a los hombres lobo lejos de Kaen y sus chiquillos, lejos de Laetshi, lejos de los Rom que eligieron quedarse. Llamó a su nueva familia los lupinos, y hasta nuestros días no volverían a hablar de los Powara. Aunque nos conocen como sus primos su rabia es aún fuerte, y su lucha contra sus enemigos no ha cesado.


     Los restantes Rom miraron a Ravnos como su baro; Ravnos, entonces, se volvió a Kaen; pero Kaen había presenciado la visión de Laetshi, y sabía que no podía seguir viajando con los Rom. Enseñó a su chiquillo a usar los poderes con los que hemos crecido: a comunicarnos con las bestias salvajes para que nuestros caballos no nos temiesen, a encontrar vitalidad para poder soportar los castigos de los shanglo con resistencia sobrehumana. Pero nuestro don más preciado, nuestro Quimerismo, era desconocido incluso para Kaen, el sire de todos los shilmulo. Fue Laetshi quien enseñaría este don a Ravnos, y continúa siendo nuestro más guardado secreto. Tras marchar Kaen a través del desierto, el joven baro y su familia continuaron su errar sin fin. Pero desde ese día nos llamamos Ravnos.